Lo digo, a riesgo de ser abucheado. No me importa. No estoy solo, somos unos cuantos.
Pasó tiempo. Acéptenlo.

A mí tampoco me cayó bien, al principio.
¿A qué fan de Jurassic Park que se precie de serlo iba a simpatizarle un bicho que a minutos de presentarse le rompe el cuello a un Tyrannosaurus delante de Alan Grant?

Aunque no fuera Roberta Rexy, que vivía en la otra isla. Ni se tratara, como muchos creen, de la cría del matrimonio de El Mundo Perdido. El desafortunado Freddy, así se llamaba, no dejaba de ser un T- Rex. Vástago vaya a saber de cuál de todos los que andaban sueltos por la Zona B.

Era un T-Rex, y fue vencido.
¿Humillado? Bueno, el combate fue ciertamente breve. Pero en una lucha entre animales con instinto asesino que no saben de reglas, rounds ni la posibilidad de arrojar la toalla cuando la cosa se pone espesa ¿Qué se puede esperar?
Si fuera que el Spinosaurus lo cazó de la cola y lo paseó por todo el bosque pregonando su victoria, ok. Ese habría sido un final indigno.
En el guion original, la pelea es más larga pero acaba con el Spino casi arrancándole la cabeza al T-Rex, dejando su tráquea y arterias sangrantes expuestas.
En cambio, dejaron la escena en que le fractura las vértebras del cuello valiéndose de sus poderosos brazos.
Darwinismo despiadado. Sobrevive el más apto, y sobrevivió Tricicloplot.

Asique no me vengan, los defensores a ultranza del clan Rex, con las excusas de siempre:
Que era borrego, por el tono verde claro de la piel.
Que lo agarraron comiendo, entonces estaba pesado y lento. Pobrecito, no tuvo tiempo de hacer la digestión.
O, la mejor de todas; que era el cachorro de la dos crecido. Pero como en la peli anterior le quebraron una pierna, nunca desarrolló totalmente su fuerza. Era un T-Rex lisiado.
Muchachos, muchachos…muchachos: BASTA.
La verdad es más simple que sus pretextos: el buen Freddie mordió el polvo, y eso no es motivo de vergüenza.
¿Quién no ha perdido una pelea? ¿En serio? ¿Nunca en el patio de la escuela? ¿A la salida tampoco?
No les creo.
Acéptenlo y sigan con sus vidas.
Por la memoria de Freddie que, dicho sea de paso, peleó con uñas y dientes.
Triciploplot pudo más. Eso es todo.

Y si bien es cierto que nunca quedó claro de dónde rayos salió esta bestia descomunal, citaré las palabras de Henry Wu a Simon Masrani para explicar mi punto: “Usted no me pidió realidad, me pidió más dientes”.
De eso se trataban Jurassic Park y Jurassic World. De ofrecer al público un espectáculo escalofriante, aterrador, inolvidable.
También convengamos que la franquicia, para seguir atrapando a la audiencia, necesitaba una cara nueva. Más grande, más malvada, más taquillera.
Y el Spinosaurus cumplió.
No era lo que muchos esperábamos. Pero ahí estuvo, poniendo el pecho.
Personalmente, como conté en otro artículo del Blog Jurásico, yo hubiera querido ver a mi autóctono Giganotosaurus Carolinii de antagonista. Pero tuve que esperar otras dos décadas (y fumarme en el medio a Indominus e Indoraptor, esos sí que eran bazofia)

Triciploplot estuvo bien. Que exageraron tamaño y fuerza para generar impacto, no cabe duda.
Pero es una manipulación genética. Citando nuevamente al protegido de Hammond; “Nada en Jurassic World es natural”.
Todo bicho nacido en los laboratorios de Ingen, Byosin o sus competidores de menor envergadura, es un producto humano, al fin de cuentas.
Y no me nieguen que el monstruo de la aleta gigante tenía potencial y agresividad, sobre todo agresividad, para aportar tensión a cualquiera de las pelis que siguieron.