El primer dino, antes de que se llamaran dinos.

Aunque lo encontró William Buckland en 1824, el Megalosaurus debe su nombre a Gideon Mantell, descubridor del famosísimo Iguanodón y del no tan renombrado Hylaeosaurus. Este médico obstetra y geólogo aficionado bautizó al singular fósil Megalosaurus Bucklandii, en 1827. El nombre significa “lagarto grande de Buckland” y no hace referencia al superorden Dinosauria, pues faltaban aún quince años para que Sir Richard Owen, futuro fundador del Museo de Historia Natural de Londres, acuñara el término.

Este señor, uno de los biólogos y anatomistas más famoso del siglo XIX, analizó los fósiles de estos tres reptiles y notó una característica común: las vértebras en la base de sus espinas dorsales se encontraban fusionadas. En su reporte sobre reptiles fósiles británicos, consideró necesario clasificar los recientes hallazgos en un nuevo grupo dentro del amplio espectro de lagartos conocidos hasta entonces. Lo llamó Dinosauria, del griego Deinos (terrible) y Sauros (lagarto).

Los paleontólogos de la época pretendían calcular el tamaño de los dinosaurios comparando sus restos a escala con los de lagartos modernos. Lo cual resultó en un Megalosaurus de casi sesenta metros de largo.

Sir Owen, en cambio, lo hizo midiendo cada vértebra por separado y estimó su número total basándose en la columna vertebral de cocodrilos actuales. Su estudio arrojó cifras mucho más realistas, concediendo al lagarto grande y al diente de iguana una longitud aproximada de nueve metros. Tamaños que a día de hoy siguen siendo aceptados por los investigadores.

En lo que el Sir no acertó tanto fue en su aspecto. Pues, debido al escaso registro fósil con que contaba, creyó que para soportar su gran peso, estos animales debían haber sido cuadrúpedos al estilo de mamíferos como el rinoceronte y el elefante, con grandes patas debajo del enorme cuerpo, a diferencia de los lagartos, cuyos miembros sobresalen hacia los lados.

De ahí el aire a nuestros paquidermos favoritos que tienen las esculturas que Benjamin Waterhouse Hawkins realizó en 1850 para embellecer el Palacio de Cristal, con Owen como asesor científico.

Otro tipo de gigantes, y sus…partes.

Pero mucho antes de que don William Buckland diera con los que creyó huesos de la mandíbula de un lagarto descomunalmente grande, dos curiosos casos que podrían tratarse del mismo animal tuvieron lugar en la misma comarca inglesa.

A mediados del siglo XVII, un naturalista llamado Robert Plot encontró o adquirió (no se sabe) un hueso fosilizado que se asemejaba mucho a un fémur humano. Solo que el hombre o mujer al que perteneciera debería haber medido unos diez metros de altura. Un ejemplar de la raza de gigantes de la era antediluviana mencionados en la biblia fue la explicación más plausible en aquel momento. Y así lo plasmó Robert en su libro Historia Natural de Oxfordshire, en 1677.

Casi cien años más tarde, en 1763, el físico también inglés Richard Brookes hizo una nueva lectura del trabajo de Plot en su propia obra Un Nuevo y Adecuado Sistema de Historia Natural. En cuyo quinto volumen denominó al supuesto fémur de gigante Escroto Humano, porque le pareció que tenía la forma de la bolsa de piel que recubre los testículos de un hombre. Dada la cercanía con el lugar del lugar del hallazgo y las descripciones del fémur o escroto que Plot y Brookes dejaron por escrito en sus respectivos informes, se cree que el dichoso hueso podría tratarse del mismo Megalosaurus. Pero, desgraciadamente el fósil descubierto en el siglo XVII se perdió, por lo que los investigadores modernos no pueden más que especular al respecto.

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